Ágora Mundi

Espacio para debatir y pensar una democracia cosmopolita en la que la participación ciudadana determine la gobernanza global y transforme las instituciones internacionales.

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El fantasma del globalismo

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del globalismo. El eco del Manifiesto Comunista de 1848 es deliberado, y es que el ambiente internacional del primer cuarto del siglo XXI tiene demasiadas semejanzas con épocas pasadas. Tampoco es casualidad que el término globalista se esgrima desde ciertas tribunas reaccionarias contra un supuesto comunismo remozado. Es en este sentido propagandístico y despectivo en el que la expresión adquiere su mayor relevancia, tanto en redes sociales como en boca de los Trump, Putin, Milei o Abascal, aliados en santa cacería contra el espectro. 

En realidad, lo que comúnmente se denomina como globalismo hace referencia a un conjunto de teorías conspirativas que vienen de antiguo, y que tratan de dar una explicación sencilla a la incertidumbre que impera en la política internacional mediante el señalamiento de un culpable hipotético pero identificable con lo que mejor convenga en cada momento histórico o contexto geográfico. La idea básica de fondo es la existencia de un presunto gobierno oculto de las élites que rige los hilos de la humanidad desde la sombra, con un plan perfectamente diseñado para establecer una tiranía burocrática global, el Nuevo Orden Mundial (en adelante NOM), y cuyos planes es necesario desvelar y combatir. El globalismo sería, por tanto, la presunta ideología funcional a los intereses de estas élites ocultas. Pero, ¿qué fundamentos tiene todo esto?

Historia de un mito

Teorías de la conspiración han existido siempre, y generalmente se han utilizado para señalar a determinadas minorías o grupos específicos como chivos expiatorios ante cualquier calamidad que afectase al conjunto de una sociedad determinada. Pero las sociedades estamentales del Antiguo Régimen, caracterizadas por una organización rígida y estamental durante siglos, sufrieron una sacudida desde sus cimientos a partir del siglo XVIII que sería determinante para todo lo que vendría después. Previamente, la imprenta ya había facilitado una difusión más rápida y popular de las ideas, pero fueron sobre todo la Ilustración, las Revoluciones políticas de finales del XVIII (americana y francesa) y la Revolución industrial las que alteraron para siempre el orden tradicional. Desde entonces, y a lo largo de toda la modernidad, los cambios sociales y geopolíticos han sido tan rápidos y trascendentes, que ha sido necesaria otra forma de mirar, conocer, comprender y controlar el mundo: las ciencias sociales. A pesar de ello, todos aquellos cambios, difundidos por unos medios de comunicación y transporte cada vez más avanzados, rápidos y masivos, constituyeron un terreno fértil para la proliferación de nuevas teorías de la conspiración (1). Es en este contexto revolucionario cuando comenzaron a propagarse los rumores sobre la existencia una élite secreta que trabajaba incansablemente para la destrucción de las monarquías y del orden tradicional.

El primer problema de esta idea básica es que el listado de presuntas élites mundiales es extenso y cambia con el tiempo. Quizá los primeros y los más famosos de estos chivos expiatorios modernos fueron las sociedades secretas del XVIII, como los Illuminati de Baviera que, inspirados en los valores de la Ilustración, propugnaban la sustitución de las monarquías absolutas europeas por el gobierno de la razón. Fueron rápidamente reprimidos y, para cuando llegó la Revolución Francesa en 1789, hacía años que se habían disuelto. Pero ello no impidió que la reacción y los gobiernos absolutistas les siguiesen invocando como la mano que extendía la Revolución por toda Europa, y hasta el día hoy se les sigue asociando con el NOM en publicaciones esotéricas y en las catacumbas de Internet. 

Parecido es el caso de los masones, de origen medieval, y dedicados, en un principio, a conservar los secretos del oficio de la construcción. En el siglo XVIII derivaron en una asociación secreta con el objetivo de unir a todos los seres humanos bajo una filosofía deísta, enfocada en el perfeccionamiento moral y la ayuda mutua, sin objetivos políticos concretos. Sin embargo, durante siglos fueron perseguidos tanto por la Iglesia Católica como por regímenes autoritarios, acusados de estar detrás de cualquier movimiento político de carácter subversivo o simplemente progresista.

Desde antiguo viene también la animadversión hacia los judíos, el chivo expiatorio por antonomasia en toda Europa desde la Edad Media hasta la Segunda Guerra Mundial. El siglo XIX europeo estuvo marcado por un antisemitismo muy profundo y extendido por todas las capas de la población, pero este sentimiento adquiriría una especial virulencia a partir de la publicación en la Rusia de 1903 de la obra conspiranoica por excelencia: Los protocolos de los sabios de Sion. Se trataba de un panfleto falsificado por la policía secreta (esta sí) zarista con el objetivo de justificar los pogromos y la represión contrarrevolucionaria. Los Protocolos ponían en relación al judaísmo con la masonería, el liberalismo y el comunismo, y supuestamente desvelaban una conspiración judía mundial para la dominación del mundo. Esta publicación sería fundamental años después para la constitución ideológica del nazismo, pero también de todas las teorías de la conspiración hasta el día de hoy. 

Los partidos comunistas, surgidos al calor de las luchas obreras del siglo XIX, serán, junto con los judíos y las sociedades secretas, el tercer gran grupo de sospechosos habituales. Desde sus mismos orígenes, se les acusó de la destrucción de las naciones, de la Iglesia, de la familia y de cuantas cosas pudieran considerarse sagradas, en favor de un gobierno mundial que, en realidad, jamás estuvo entre los planteamientos del comunismo. Si bien siempre se trató de un movimiento internacionalista y crítico con las instituciones antes citadas, su objetivo final era la consecución de una sociedad sin clases ni Estados, a través del internacionalismo proletario y de la supresión de la propiedad privada. La utilización del Estado como palanca revolucionaria era, en teoría, una fase temporal previa a su desaparición. El gobierno mundial, cualquiera que fuere su forma, estuvo lejos de las pretensiones de cualquier teórico comunista, y más lejos aún de los partidos y gobiernos realmente existentes de este signo político, que más bien se orientaron siempre en el ámbito internacional bajo las premisas de la más elemental realpolitik. Por otro lado, desde el mismo Manifiesto de 1848, el comunismo jamás ha tenido reparo alguno en declarar y difundir de forma explícita sus pretensiones, y ha sido contrario, al menos en teoría, a cualquier tipo de diplomacia secreta. En ese sentido, se lo podría considerar justo lo opuesto a una sociedad secreta.   

En la segunda mitad el siglo XX, terminada ya la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Fría como contexto político, la lucha contra la amenaza comunista alcanzó su punto más álgido en todo Occidente. En España, el régimen franquista organizó la represión ideológica en torno al combate contra la conspiración judeo-masónica, que incluía, sobre todo y fundamentalmente, a los comunistas. En EEUU, el macartismo puso en práctica la caza de brujas, esto es, la persecución sin pruebas de cualquier crítica al gobierno bajo la acusación de comunismo. Se generó un clima de pánico social que se trasladó a la cultura popular de masas a través del cine, la prensa, la radio, la televisión e incluso los cómics. Y fue ese mismo miedo a la expansión comunista el que sirvió para justificar medio siglo de intervencionismo militar estadounidense en América Latina, Asia y Oriente Medio, con el objetivo oficial de contener al bloque soviético. En este clima de paranoia colectiva, grupos de extrema derecha estadounidenses como la Sociedad John Birch comenzaron a acusar a la ONU, ya desde su misma fundación en 1945, de constituir un gobierno mundial para el establecimiento de un NOM asociado al comunismo.

Tras la caída del Muro de Berlín, la sospecha se amplió hasta instituciones privadas como el Club Bilderberg o el Foro de Davos, espacios que desde mediados de siglo reunían a líderes empresariales y políticos de varios países para conversar sobre distintos aspectos de la situación internacional, pero sin ninguna capacidad de decisión vinculante. Fue en aquellos años 90, en pleno proceso de globalización, cuando se les comenzó a identificar con el globalismo. Y es que, para la teóricos de la conspiración, la globalización no era un fenómeno de raíces económicas y tecnológicas, ligado a la caída del bloque soviético y a la expansión del capitalismo como el único modelo sociopolítico en todo el mundo, sino, de nuevo, un plan deliberado para establecer el NOM. 

Por otra parte, fue en esa misma década cuando surgió el movimiento antiglobalización, de corte izquierdista y anticapitalista, como respuesta a las crecientes desigualdades mundiales inherentes al proceso económico. Tenía un carácter internacionalista, abogaba por la justicia social y económica, y llegó a convocar manifestaciones masivas históricas contra las instituciones económicas globales, especialmente contra la OMC, el BM y el FMI (2). Se organizaba en torno al Foro Social Mundial o Foro de Porto Alegre, opuesto ideológicamente al de Davos, bajo el lema de Otro mundo es posible. Aunque ambiguo y reacio a la institucionalización, la distancia que lo separaba de la conspiranoia reaccionaria era, pues, abismal, y muchas de las organizaciones y movimientos que lo componían, como el indigenismo, el feminismo o el ecologismo, pasarían a ser chivos expiatorios «globalistas» en décadas posteriores. 

Los atentados del 11S produjeron el declive de aquel movimiento. El debate político internacional giró hacia la lucha contra el terrorismo, y el nuevo enemigo de los Estados occidentales y de la paranoia colectiva pasó a ser el Islam. Aunque tuvieron lugar movilizaciones mundiales contra la guerra de Irak de 2003, emprendida por la administración estadounidense en nombre de la lucha antiterrorista, aquellas solo constituyeron un movimiento reactivo frente a una acción militar concreta, no un cuestionamiento del sistema internacional como había supuesto el movimiento antiglobalización. 

Después, en 2008 estalló la crisis económica más profunda que ha vivido el mundo desde 1929. Las políticas de austeridad para manejar la crisis que se promovieron entonces desde los organismos financieros internacionales, como el FMI, el BM, el BCE (3), así como por parte de la mayoría de los gobiernos, provocaron una desconfianza generalizada entre la población, especialmente entre los perdedores de la globalización, aquellos que tendrían que pagar las políticas de ajuste: pequeños productores locales, comunidades aisladas y trabajadores no cualificados. Durante los años siguientes, fueron estos sectores los que se acercaron progresivamente a las tesis de la ultraderecha. Si bien hubo un repunte de los movimientos progresistas como el 15M en España, Occupy Wall Street en EEUU, o Syriza en Grecia, fue la extrema derecha más conspiranoica, sobre todo a partir de la segunda mitad de la década de 2010, la que fue ganando posiciones de forma creciente (4). Bajo los planteamientos teóricos del norteamericano Steve Bannon y del ideólogo nacionalista ruso Aleksandr Duguin (5), la ultraderecha puso el foco en las instituciones globales, la cooperación al desarrollo, la Unión europea, el Estado del bienestar, las políticas redistributivas, la inmigración y los movimientos sociales con más repercusión de las décadas anteriores, como el ecologismo o el feminismo. A todo ello se lo identificaba con el establishment, lo woke y la corrección política, mientras los ultras adoptaban una pose de rebeldía. El lenguaje de la conspiración y la estética de la Alt-Right se viralizaron en unas redes sociales en auge que, con su lógica de atomización informativa y refuerzo de los mensajes polarizantes, hicieron el resto: conspiranoias como las del Gran Reemplazo o el Plan Kalergi, que durante décadas habían sido absolutamente marginales, pasaron a ganar respetabilidad entre un grupo cada vez mayor de usuarios, y algunas de nuevo cuño, como la de QAnon, provocaron verdaderas convulsiones políticas en apoyo de Donald Trump.  

La pandemia de 2020 supuso el acelerón definitivo para que la creencia en algún tipo de teoría de la conspiración se volviese prácticamente mainstream (6). A partir de entonces, las teorías sobre el NOM se mezclaron abiertamente con la pseudociencia y el esoterismo. Y ya no fueron solo las instituciones políticas internacionales las señaladas, sino también los organismos científicos, ambientales y sanitarios. Movimientos antivacunas, anticiencia, negacionistas de la pandemia o del cambio climático utilizaron las redes sociales como vector de transmisión y se dieron la mano con la ultraderecha para negar la evidencia científica y oponerse a cualquier política de protección ambiental o de salud pública, bajo la premisa de que la pandemia no era en realidad más que un experimento de ingeniería social perpetrado por las élites internacionales y el establishment.

Un último caso merece una mención especial como ejemplo de que el fantasma del globalismo muta a conveniencia, encontrando en cualquier parte materia prima con la que continuar su farsa: la Agenda 2030. Se trata de un programa de acción global aprobado por unanimidad de todos los países de la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2015, con el objetivo de consensuar unas metas mínimas de desarrollo y sostenibilidad para el planeta, que no tiene carácter vinculante y que depende por completo de las políticas que cada Estado decida adoptar para la consecución de dichas metas. Pero para los teóricos de la conspiración y los partidos de derecha populista, como MAGA o VOX, este acuerdo histórico es una prueba más de la existencia de una agenda global oculta, un paso más en la aplicación del NOM a través de políticas de igualdad y ambientalistas que buscan alterar el orden natural de la sociedad, desplazar a la población blanca local por inmigrante, y minar la soberanía de los Estados nacionales. 

En definitiva, a lo largo de toda la modernidad ha habido decenas de grupos, movimientos y organismos acusados de perpetrar una conspiración global para dominar el mundo, entre los que se pueden nombrar, además de los ya expuestos, a los Rosacruces, los políticos (en general, con excepción de los populistas, claro), los ecologistas, Soros (que, además, es judío), el feminismo de la cuarta ola, la Internacional Socialista, el Anticristo y hasta los extraterrestres (7). Sean quienes sean, siempre son ellos, siempre están semiocultos, como una entidad vaga y amenazante, pero poderosa, y a la que se puede identificar a través de etiquetas sencillas y signos específicos. Cualquier fenómeno adverso, especialmente aquellos que tienen un carácter internacional y difícil de controlar, como una crisis económica o una pandemia, se atribuye a alguno de estos chivos expiatorios, a varios de ellos, o a todos, ampliando cada vez más el grupo de las presuntas élites globalistas y reduciendo el de los conocedores de la verdad. Es una idea esencialmente reaccionaria que no solo se opone a cualquier tipo de progreso, o si quiera de simple entendimiento en el ámbito internacional, sino que también busca el desmantelamiento de todos los avances históricos en términos de igualdad y desarrollo, y canaliza el resentimiento de los más vulnerables y el miedo generalizado a la incertidumbre, no hacia un cambio de modelo más inclusivo, sino hacia soluciones mesiánicas y autoritarias.

La realidad: no hay nadie al volante

Ya hemos visto que las sospechas vertidas sobre determinados grupos a los que se tilda de globalistas se corresponden muy mal con su realidad. Pero si decimos que este conjunto de acusaciones no pasan de la mera teoría conspirativa, es también porque, en el plano de lo real, las relaciones internacionales funcionan de otra manera muy diferente. La conspiranoia se desmonta con conocimiento, y para ello, lo primero es entender, aunque sea en líneas muy generales, las principales perspectivas teóricas que a lo largo de la modernidad han tratado de explicar la naturaleza del orden internacional (8). Esto es importante porque, además, estas perspectivas tienen carácter performativo, es decir, no solo son el producto de los intentos de los estudiosos para comprender lo que ocurre, sino que también son la guía de acción de los principales actores que han moldeado del orden internacional durante los últimos siglos: los Estados, y en menor medida, las instituciones internacionales y los movimientos sociales. 

El primer gran conjunto de teorías es el que se puede englobar bajo la etiqueta de Realismo político, una escuela de pensamiento que asume que los Estados, sujetos elementales de las relaciones internacionales, viven en una suerte de estado de naturaleza hobbesiano caracterizado por la anarquía, la desconfianza mutua, la competencia, la defensa de la soberanía como valor supremo, y la búsqueda de la seguridad y del interés nacional frente a otros Estados, a los que se ve como competidores, en el mejor de los casos, o amenazas existenciales en el peor. El Realismo se pretende una teoría descriptiva sobre cómo funcionan las relaciones internacionales y evita ofrecer alternativas a este supuesto estado natural de guerra de todos contra todos. Parte de las ideas iusnaturalistas de Thomas Hobbes sobre una naturaleza humana esencialmente individualista y conflictiva, pero a diferencia del filósofo inglés, que propone el establecimiento de un Leviatán, es decir, un soberano absoluto que garantice el orden y la seguridad de todos para evitar la anarquía, la escuela realista plantea que la anarquía interestatal, a diferencia de la social, solo puede evitarse a través del equilibrio de poder, es decir, de un balance entre las principales potencias conseguido a través de la combinación adecuada de diplomacia y uso de la fuerza: la realpolitik. Todo ello implica una visión fundamentalmente pesimista de las relaciones internacionales y un rechazo a tener en cuenta la moral a la hora de abordar los conflictos y buscar soluciones. 

Los ejemplos históricos que avalan la tesis realista, y en los que los Estados han intentado acordar un cierto orden internacional mediante ese equilibrio de poder frágil, son muchos. Podríamos retrotraernos al Congreso de Viena de 1814-15 que rediseñó el orden de la Europa postnapoleónica, o al Tratado de Westfalia de 1648, que dio lugar al sistema internacional de Estados, o incluso más atrás, al tratado de Tordesillas de 1494, cuando España y Portugal se repartieron el mundo trazando una línea salomónica que dividió el globo en dos mitades. Pero, sobre todo, la búsqueda del equilibrio de poder fue la lógica que dominó las relaciones internacionales durante la Guerra Fría en la segunda mitad del siglo XX, con un conflicto latente pero continuo entre las dos superpotencias, EEUU y la URSS, amortiguado por el andamiaje institucional de la ONU y por el miedo colectivo a la guerra nuclear. 

Opuesto al Realismo es el Idealismo político, el otro gran conjunto de teorías clásicas en Relaciones Internacionales. Enormemente influido por la obra de Immanuel Kant Sobre la paz perpetua, en la que el filósofo alemán plantea una paz mundial alcanzable a través de una federación universal de repúblicas democráticas orientadas hacia la cooperación y el comercio, el Idealismo es un marco teórico normativo, no descriptivo. Es decir, no pretende dar cuenta de cómo funciona la política mundial, sino establecer cómo debería funcionar. Busca la consecución de una paz estable a través de la cooperación, del derecho internacional y de los valores morales universalmente compartidos. Rechaza la diplomacia secreta y el recurso a la fuerza para la resolución de conflictos, y asume un enfoque optimista sobre la naturaleza humana y sobre las sociedades que se liga con el liberalismo político y con la democracia. 

En el plano práctico, el Idealismo se enfoca, sobre todo, en la creación de instituciones internacionales por encima de los Estados que constituyan límites a la soberanía de estos. El primer gran hito en este sentido fueron los 14 Puntos de Wilson, que dieron lugar a la fundación de la Sociedad de Naciones en 1919, como marco supranacional ideado para evitar la repetición de los horrores de la Primera Guerra Mundial. En esta época ya se empezaba a hablar en los medios de comunicación y en ámbitos oficiales de un nuevo orden mundial, pero en un sentido geopolítico, no conspiranoico. Tras el fracaso de la Sociedad de Naciones y el consiguiente estallido de la Segunda Guerra Mundial, se puso de nuevo sobre la mesa el debate en torno al establecimiento de un orden mundial postbélico (9), que se acabaría materializando en la creación de las Naciones Unidas en 1945. Sin embargo, la conformación de la ONU estuvo marcada por el conflicto entre los dos superpotencias, y la propia estructura de la organización reflejó desde el inicio las diferencias de poder entre los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y el resto de miembros, especialmente en su principal órgano decisorio, el Consejo de Seguridad. Finalmente, tras la caída del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría, se configuró un mundo unipolar en torno a la hegemonía de EEUU y un consenso generalizado sobre la legitimidad del sistema de Naciones Unidas. Eran los 90, cuando se popularizó el término globalización. En definitiva, las tesis idealistas han adquirido fuerza en tres momentos históricos en los que un sistema de relaciones internacionales colapsa tras un conflicto mundial y surge la necesidad para los Estados de establecer un marco basado en reglas que dé garantías de seguridad para todos y que vaya más allá del mero equilibrio de poder. 

Por último, y en oposición a las teorías clásicas (Realismo e Idealismo), tenemos a las Teorías Críticas, que son también normativas, pero buscan más el cuestionamiento de las relaciones de poder subyacentes a los conflictos y las desigualdades internacionales que ofrecer una alternativa institucional concreta. Derivan del marxismo y de la Escuela de Frankfurt y, simplificando mucho, se las podría agrupar en cuatro grandes bloques: el neomarxismo, el feminismo, la teoría decolonial y el ecologismo político. Es importante destacar que estos enfoques son normativos en tanto en cuanto buscan un deber ser, una modificación de la realidad existente, pero son ambigüos respecto de su concreción. De hecho, confrontan con las teorías clásicas por considerarlas meras solucionadoras de problemas, en palabras de Robert Cox, autor de referencia para estas corrientes de pensamiento. Frente los clásicos, las críticos buscan el desmantelamiento de las relaciones de poder subyacentes a los conflictos internacionales, dejando la cuestión de las soluciones a la experimentación futura. 

En la praxis, las Teorías Críticas han convergido en cierta medida con el Idealismo en la defensa de la necesidad de un orden institucional normativo por encima de los Estados, pero sobre todo han tenido una influencia enorme tanto en la academia como en los movimientos sociales que constituyeron el Foro de Porto Alegre durante los 90, así como en la presión que muchos de estos movimientos han ejercido sobre los organismos de Naciones Unidas y los gobiernos democráticos (reglas de comercio justas, derechos de las mujeres, políticas medioambientales, etc), y en la denuncia de sus carencias y abusos (desigualdad de poder en el Consejo de Seguridad, prácticas neocoloniales, crímenes cometidos por las fuerzas de pacificación de la ONU, etc).  

Con este mapa conceptual e histórico de fondo observamos que, pasado el primer cuarto del siglo XXI, vivimos un momento de regreso de las tesis realistas, en el que el andamiaje institucional global se pone otra vez en cuestión. El orden unipolar de la postguerra fría se desmorona, el ataque a las posiciones idealistas y críticas por parte de actores estatales y no estatales arrecia, la incertidumbre sobre cuál será el orden que viene vuelve a saltar a primer plano, y la búsqueda de un equilibrio de poder en un entorno caótico a través de la exaltación del interés nacional y del recurso a la fuerza vuelve a ser la guía de acción de las grandes potencias, especialmente de EEUU, que hasta ahora había sido el garante y principal interesado en el mantenimiento de ese mismo orden.

Lo que nos muestra el estudio de las Relaciones Internacionales es que a lo largo de la historia nunca ha existido ningún gobierno mundial, ni oculto ni explícito, y que los esfuerzos por levantar instituciones que garanticen una mínima paz y estabilidad mundiales han sido hasta ahora precarios e insuficientes. No existe nada parecido al Leviatán hobbesiano ni a la Federación kantiana, ni hay ningún centro de poder que oriente el mundo en ninguna dirección. Además, los Estados están atravesados por todo tipo de fenómenos sociales que son, por definición, complejos, y que nunca siguen un plan o lógicas predeterminados decididos en ninguna instancia. Empresas transnacionales, movimientos sociales, migraciones y cambios tecnológicos alteran continuamente la realidad sobre la que deben operar los Estados y los organismos internacionales, mientras que las crisis económicas, ecológicas o sanitarias no entienden de fronteras y, en ausencia de una instancia coordinadora global (10), extienden sus efectos sin restricciones.  

Son las instituciones internacionales, promovidas por el Idealismo político, y las políticas de desarrollo y de justicia internacional, fruto de la presión de los movimientos sociales, lo más cerca que ha estado la Humanidad, hasta el día de hoy, de tener algo remotamente parecido a un gobierno mundial. Por eso, y por lo que representan en términos de paz y de progreso social, son el blanco fundamental de la teoría conspirativa del NOM. Esta es una respuesta al miedo, a la inseguridad creciente en un entorno complejo, hostil y competitivo, frente al que solo ofrece un repliegue, una vuelta atrás a un pasado idealizado que nunca existió, una retrotopía que utiliza el miedo como combustible, el «sálvese quien pueda, pero yo el primero» como guía moral, la tradición y la nacionalismo populista como refugios. 

La persistencia del mito

Entonces, si no hay evidencia de un centro de decisión mundial, sino todo lo contrario, y las respuestas que ofrece la teoría conspirativa son tan ilusorias y poco adaptativas, ¿por qué el fantasma del globalismo tiene tanta fuerza, resiste el paso del tiempo y muta a conveniencia para adaptarse a todo tipo de contingencias políticas?

La respuesta corta es el miedo. Pero con eso no basta. También hay que entender qué es y cómo funciona una teoría de la conspiración. 

Básicamente, consiste en la creencia, sustentada en algún elemento real o imaginario, de que un grupo de personas poderosas trabaja para conseguir un objetivo pernicioso para el conjunto de la sociedad, mientras mantiene en secreto sus acciones (11). Es importante recalcar la noción de creencia, en tanto que tipo de razonamiento opuesto al pensamiento racional y científico. A diferencia de la ciencia, el pensamiento conspiranoico no contrasta sus hipótesis con los hechos, sino que, aplicando el sesgo de confirmación, selecciona aquellos elementos de la realidad que encajan bien con la creencia básica y descarta el resto. Es como buscar formas de animales en una nube. Además, la ausencia de evidencia en apoyo de la teoría conspirativa, se considera por parte de sus seguidores como una prueba en sí misma. En el caso que nos ocupa, la falta de pruebas concluyentes respecto de la existencia de unas élites mundiales ocultas sería la mejor demostración de que dichas élites hacen bien su trabajo. Se trata de una forma de pensamiento en bucle de la que no hay salida posible, puesto que el objetivo no es conocer ni explicar nada, sino sostener la creencia básica. 

Estas teorías descansan sobre muchos sesgos de este tipo, pero también sobre innumerables falacias lógicas, entre las que merece la pena destacar el uso torticero del principio cui bono. Se trata de un principio utilizado en criminalística como vía de investigación para esclarecer si los sujetos beneficiados de un determinado delito tienen alguna implicación en este. La teoría conspirativa, por su parte, presupone que un sujeto (o grupo) beneficiado por un determinado hecho, es inevitablemente su causante o perpetrador. La falacia consiste en asumir una relación causal inmediata entre el hecho y la explicación. Es una variación de la falacia de afirmación del consecuente. El ejemplo clásico es señalar al receptor de una herencia como culpable directo de la muerte de su familiar, sin necesidad de juicio ni pruebas. En el caso del NOM, podemos citar a las compañías farmacéuticas o los centros de investigación públicos y privados que, al recibir más financiación o encargos como consecuencia de la pandemia de 2020, se convirtieron el blanco de los movimientos antivacunas, quienes les acusaron de formar parte de un complot mundial para desatar la COVID como experimento de ingeniería social y medio de aumentar el margen de beneficios. 

Además de falacias lógicas, también hay razones psicológicas que explican por qué las personas adoptan estas formas de pensamiento espurio en lugar de buscar información veraz y contrastada. Y es que toda teoría conspirativa produce en sus seguidores un sentimiento de confort psicológico. Creer que hay alguien que mueve los hilos del mundo implica que desgracias fortuitas como una pandemia, un apagón, una guerra, la pérdida de empleos o un desastre natural, tienen una razón de ser fácilmente comprensible, y conecta una desgracia con todas las demás de una forma automática y sencilla. La teoría de la conspiración da sentido al caos, elimina la incertidumbre y conduce a una falsa sensación de control a través de una toma de posición inmediata que elimina la duda. Si la causa del caos mundial es una élite que busca instaurar una dictadura burocrática, lo que hay que hacer es sencillo: oponerse a esa élite. Además, el enemigo es perfecto: único, perverso, con un plan bien diseñado que solo los seguidores de la teoría conocen, y contra el que se puede decir lo que se quiera, porque, en realidad, nunca habrá represalias por parte de aquellos que no existen o actúan muy lejos. En un mundo inestable pero hiperconectado resulta mucho más asequible, cómodo y hasta emocionante luchar unas hipotéticas élites globales a través de las redes sociales que informarse sobre cómo funciona un virus, tratar de entender los entresijos del capitalismo financiero, u organizarse con los vecinos para enfrentar leyes injustas. 

Por último, hay razones sociológicas que explican la persistencia de las teorías conspirativas: tienen que ver con identidad de grupo, con los agentes implicados en su difusión y con el contexto social.

Las teorías de la conspiración no solamente ofrecen beneficios psicológicos, sino también una identidad grupal que une a sus seguidores diferenciándolos tanto de sus enemigos como del resto de individuos que no forman parte del grupo. Frente a las élites globales, están los que se les oponen: los buenos, los despiertos, los que se rebelan contra élite y sus maquinaciones, un grupo autopercibido como moralmente superior a los que aún no ven la realidad bajo el prisma de la conspiranoia. Esto otorga un sentido de pertenencia básico para la supervivencia humana, muy importante en tiempos de inestabilidad social y de individualismo exacerbado, pero también un propósito: desenmascarar y derrocar a los conspiradores. De este modo, la teoría de la conspiración cumple una función social imprescindible en ausencia de otras alternativas tradicionales como las religiones, las ideologías, las comunidades locales e incluso las familias.

En cuanto a los agentes promotores de las teorías conspirativas, hay que referirse a los mercaderes del miedo. Si la teoría del NOM tiene la popularidad que tiene es porque hay actores objetivamente interesados en su difusión, organizaciones e individuos que obtienen beneficios económicos y/o políticos de gritar contra un fantasma. Aquí no se acusa al receptor de la herencia del asesinato del padre solo por haberla recibido, sino que tenemos al criminal sorprendido con el puñal en la mano. Al reforzar las identidades locales, y señalar cualquier progreso social como sospechoso de globalismo, los partidos políticos ultra consiguen adhesiones a sus proyectos que de otra forma no obtendrían. Por otro lado, grupos anticiencia, medios de comunicación «alternativos», influencers conspiranoicos y profetas de la catástrofe viven literalmente de sembrar el miedo y la desinformación en redes. Y por encima de todos ellos, tenemos a los magnates de las grandes tecnológicas, verdaderas élites mundiales que, al tiempo que financian a las organizaciones políticas ultras, eliminan las trabas a la difusión de bulos en Internet, y atacan la legislación que protege los derechos de los usuarios y la información veraz (12). 

Esta mención a las relaciones entre conspiranoia, política y economía nos lleva, por último, al contexto social e histórico en el que surgen estos promotores del miedo. Hemos dicho que siempre ha habido teorías de la conspiración, pero determinados contextos hacen que tengan un mayor impacto. En 1944 el economista húngaro Karl Polanyi publicó su obra más conocida La gran transformación, en la que explicaba cómo, en tiempos mercado libre y autorregulado, los cambios bruscos que producen las fuerzas económicas desatadas llevan a una mayor desigualdad, desempleo e inestabilidad para grandes capas de la población. En estos contextos de inseguridad y miedo surgen lo que Polanyi llamaba contramovimientos, cuya función sería la de proteger a la comunidad frente al caos de la producción capitalista y la disolución de los vínculos sociales que sostienen la existencia de los individuos. Estos contramovimientos pueden ser de naturaleza muy variada, y solo tienen una cosa en común: la búsqueda de la restauración de los vínculos comunitarios de protección. En los años 30 del siglo XX se materializaron en forma de fascismos que reivindicaban a una identidad nacional idealizada, pero también en el comunismo soviético y los pujantes partidos comunistas de Europa occidental. En el siglo XXI el mundo se ha vuelto cada vez más inestable e inseguro en prácticamente todos los órdenes desde la crisis de 2008. A la crisis económica, la pandemia y el cambio climático, se le suma el auge de potencias emergentes, los BRICS, y una competitividad feroz por los recursos disponibles a nivel mundial: mercados energéticos, chips, materias primas, superconductores, IA, etc. La respuesta generalizada en todo el planeta a esta inestabilidad es el resurgir de los populismos de extrema derecha, una vuelta a los llamados «valores tradicionales», y la convergencia de esta ola reaccionaria con las tesis conspiranoicas que ven en los organismos internacionales el origen del caos.  

Combatir el miedo, defender la democracia, avanzar hacia el cosmopolitismo

El globalismo no es más que un espantajo para atacar algo muy real y necesario: las instituciones internacionales. El miedo al NOM esparcido por la conspiranoia solo sirve para legitimar el desmantelamiento del conjunto de organismos de la ONU que trabajan por la paz, el desarrollo económico y la justicia social en todo el planeta. Es una invitación para volver al tribalismo más visceral, al nosotros contra ellos, donde el ellos puede ser cualquiera y el nosotros un círculo que se va estrechando cada vez más, de purga en purga y de guerra en guerra. Creer en el NOM es hacerle la cama a las verdaderas élites que sueñan con un mundo sin democracia, sin igualdad ni derechos sociales, sin cooperación internacional ni paz, donde solo el interés privado, el privilegio y el capricho del más fuerte rija como norma social bajo la falsa premisa de la libertad individual. No es casualidad que Trump declarase hace unos meses que no necesitaba el derecho internacional para tomar decisiones que afectasen a todo el planeta, sino solo obedecer a su propia conciencia. Esa es su libertad, la de unos pocos contra la de las mayorías. Contra esa libertad vale la pena pelear.  

Podemos hacerlo y tenemos las herramientas. Porque, si bien nunca ha existido una conspiración mundial que rija los hilos del mundo, sí que contamos con una larguísima tradición cosmopolita que aboga por la igualdad de los derechos bajo formas más o menos desarrolladas de unidad política universal: desde el Derecho Romano hasta las Revoluciones del XVIII; desde Dante hasta Kant o Einstein; desde la República universal de Anacharsis Cloots hasta la Democracia cosmopolita de David Held (13). 

Todos los grandes movimientos emancipatorios de la modernidad, como las luchas obreras, el sufragismo o la solidaridad con la causa palestina, han sido internacionalistas, y muestran cómo la historia surfea sobre una corriente universalista que obedece a una pulsión social por liberarse de injusticias y limitaciones, tanto dentro de los Estados como mas allá de sus fronteras. Pero los populismos reaccionarios y la conspiranoia suponen un peligro existencial para las democracias y el obstáculo más importante para cualquier solución racional y colectiva a los desafíos mundiales. Por eso, frente al miedo al otro, se deben reforzar los valores compartidos. Frente al miedo a lo oculto, buscar el conocimiento de lo realmente existente y la manera en la que puede ser mejorado. 

La democracia, en cualquiera de sus formas, implica participación, inclusión, distribución del poder y el establecimiento de límites contra las élites dominantes. Sin embargo, en la práctica y hasta el día de hoy, estos conceptos han estado siempre restringidos al interior de las fronteras de los Estado-nación, dejando el ámbito internacional en un limbo democrático donde, en el mejor de los casos, unas instituciones débiles que representan Estados, pero no al conjunto de la población mundial, gozan al menos de cierto prestigio y legitimidad internacional. 

Por todo ello, el retroceso democrático no se puede frenar con una posición meramente defensiva. Si fuera así, a largo plazo solo cabrían la derrota y el descenso hasta la barbarie. Frenar la regresión de derechos y libertades en el interior de los Estados y avanzar hacia el cosmopolitismo democrático más allá de las fronteras, son en realidad una misma lucha. Para que esta tenga éxito es necesario un proyecto colectivo que ofrezca una alternativa a los problemas globales, un proyecto de futuro que dé esperanza. Cerramos este artículo tal y como lo empezábamos, evocando a Marx: es hora de oponer al fantasma del globalismo, un movimiento real por un orden mundial democrático en el que todos los ciudadanos del planeta participen con voz y voto, sin mesianismos ni exclusiones; un movimiento similar a la conspiración abierta con la que soñaba H.G. Wells, que recoja y combine lo mejor de la tradición idealista con el bagaje emancipatorio de los movimientos sociales. La democracia, los derechos humanos, la paz, la seguridad y el orden internacionales dependen de ello.

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(1) Las teorías de la conspiración son a las ciencias sociales, lo que la astrología a la astronomía, la alquimia a la química, o la homeopatía a la medicina. Una forma de conocimiento precientífica y antirracionalista, pero que persiste como creencia popular y práctica pseudoprofesional, y que parasita el desarrollo y la divulgación del conocimiento científico.

(2) Organización Mundial del Comercio, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. La OMC fue creada en 1995. El BM y el FMI fueron resultado de los acuerdos de Bretton Woods en 1944. 

(3) Banco Central Europeo, creado en 1998.

(4) En esta década podemos citar victorias históricas de la derecha ultra como el Brexit, el primer mandato de Donald Trump, los gobiernos de Kaczynski en Polonia y de Orbán en Hungría, el auge del Frente Nacional en Francia y de Salvini en Italia, o la ocupación de Crimea por parte de la Rusia de Putin. Los movimientos progresistas de esta década no tuvieron una visión de conjunto y fueron derrotados por sus contextos locales y sus propias contradicciones internas.

(5) Bannon fue el asesor, estratega e inspirador tanto del primer gobierno de Donald Trump, como del conjunto de la extrema derecha internacional. Duguin es un filósofo asesor del Kremlin, defensor del Eurasianismo, entendido como la idea de un imperio euroasiático bajo la hegemonía política, militar y cultural rusas.

(6) Como ejemplo, en España, hasta un 40% de la población cree en teorías conspirativas sobre las vacunas. 

(7) No es una broma. La teoría del Proyecto Blue Beam, probablemente la más estrambótica de todas, incluye un acuerdo de la CIA, la ONU y los extraterrestres.  

(8) Un buen resumen de las diferentes teorías en Relaciones Internacionales lo ofrece El Orden Mundial.  

(9) Fue en 1940, en plena guerra, cuando H.G. Wells escribe su obra El Nuevo Orden Mundial, que ya se ha comentado en este blog. 

(10) Los organismos de la ONU solo tienen potestad para sugerir directrices y establecer recomendaciones, pero son los Estados los únicos legal y materialmente capacitados para aplicar las políticas 

(11) Una buena definición de teoría conspirativa y un buen complemento a este post se pueden encontrar en este artículo de Chequeando.

(12) El mejor ejemplo de esta connivencia entre las grandes empresas tecnológicas, el poder político y la conspiranoia lo representa el hombre más rico del mundo, Elon Musk: en los últimos años, ha eliminado las restricciones y controles a la verificación en la red social X para promover los contenidos más polarizadores y delirantes, ha financiado la campaña electoral de Donald Trump y participado en su gobierno para abandonarlo en cuanto su política arancelaria perjudicó a Tesla, ha sostenido publicamente a la ultraderecha en Europa y, hasta la fecha, continúa esparciendo bulos en su guerra personal contra la legislación europea. 

(13) Sobre estas propuestas de cosmopolitismo se tratará en futuros posts.

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