
Comienzo este blog conectando el mundo de la literatura (al que dedico mi otro blog Delirios más allá de Orión), con la sociología política, las relaciones internacionales y la gobernanza global, temas sobre los que escribiré aquí. Y para ello reseñaré dos obras de Herbert George Wells, el célebre autor británico de ciencia ficción, y uno de los padres del género, conocido por clásicos como El hombre invisible, La máquina del tiempo o La guerra de los mundos.
Además de sentar las bases de la ciencia ficción moderna, Wells siempre dejó entrever en sus obras su postura en torno a diferentes problemas políticos y sociales de su época, y también sus preocupaciones sobre el devenir del mundo. Esto último le llevó a escribir los ensayos La Conspiración Abierta y El Nuevo Orden Mundial, los cuales plantean una misma idea central: la necesidad de la unificación política de toda la humanidad.
Es importante tener en cuenta que H.G. Wells fue durante toda su vida un socialista democrático y un internacionalista convencido, además de miembro activo de la Sociedad Fabiana, una organización que sería el germen del Partido Laborista británico. Este compromiso político del autor es fundamental para entender tanto sus obras de ciencia ficción, como las ideas expresadas en los ensayos que paso a comentar.
La Conspiración Abierta: Plan para una Revolución Mundial fue publicada en 1928, en pleno período de entreguerras y de auge de los totalitarismos. Se trata de un ensayo-manifiesto, en el que el autor plantea la necesidad ineludible de la superación del sistema internacional de Estados. Wells considera que este sistema es una estructura obsoleta, una camisa de fuerza que constriñe la ampliación de escala que trae consigo el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Este desarrollo tecnológico, y el progreso moral aparejado de las sociedades modernas, trasciende las fronteras de los Estados-nación. Solo un mundo unificado en una única entidad política podría satisfacer las necesidades de la nueva sociedad mundial en desarrollo.
Para conseguir el derrocamiento del sistema de Estados y llegar a ese mundo unificado, Wells propone una «conspiración abierta», algo así como un movimiento de movimientos que reúna y coordine a todas las fuerzas que, a lo largo y ancho del planeta podrían estar interesados en la abolición de las fronteras nacionales y la creación de un orden institucional único. Estas fuerzas han de ser forzosamente enemigas de todo militarismo y patriotismo, y Wells califica a esta conspiración de «abierta» porque, para conseguir sus objetivos, debe ser pública y renunciar a todo secretismo o intriga, y colocarse por encima de la política de alianzas y de la razón de Estado que dieron lugar a la Primera Guerra Mundial.
Defensor del progreso científico, Wells plantea que, al contrario que las religiones tradicionales, cuyos dogmas dividen a las sociedades y son fuente de conflictos, la Conspiración Abierta debe estar guiada, desde el punto de vista ideológico y moral, por una suerte de religión secular basada en la ciencia. Sin embargo, no desarrolla este punto en profundidad ni explica en qué consistiría tal credo.
Otro aspecto importante en esta Conspiración Abierta es la cuestión del sujeto. ¿Quién o quiénes constituirían este movimiento revolucionario? Wells rechaza que exista una clase social específica que mueva la historia o que esté destinada a liderar la revolución mundial que él propone. Aquí confronta con el marxismo y plantea que, dentro de las distintas clases sociales y sectores socioeconómicos existen subgrupos, y sobre todo élites, interesados en empujar en la dirección correcta. En opinión de Wells, el marxismo idealiza a la clase trabajadora y menosprecia el potencial para el progreso de otros sectores sociales. La Conspiración Abierta, por contra, debe ser interclasista. También se aleja de los marxistas en el ámbito de las propuestas económicas: frente a la colectivización forzosa, Wells aboga por un estudio detallado y profundo de los distintos tipos de propiedad y de sus funciones, para ponerlos al servicio de la colectividad.
El objetivo último de la Conspiración Abierta es la instauración un directorio mundial que garantice la ausencia de guerras, que gestione los problemas globales, como el crecimiento de la población y el reparto de recursos, y que promueva el desarrollo de la ciencia y de la tecnología para llevar a la humanidad hacia un estado de abundancia. Pero en ningún momento se aclara la naturaleza de ese directorio, ni cómo se elige. Toda posible formación de un aparato institucional global queda abierta a la experimentación en el futuro. A lo largo del texto Wells da mucha importancia al papel de la educación, de las élites culturales y de los movimientos sociales progresistas en Occidente, e insiste en la necesidad de trascender los objetivos parciales en favor de una lucha común que tendría como principales enemigos el patriotismo, el proteccionismo, la guerra y la división internacional.
El Nuevo Orden Mundial se publica en 1940, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, y profundiza en los mismos planteamientos de La Conspiración Abierta.
Wells remarca de nuevo cómo el acortamiento del espacio y del tiempo producido por los avances tecnológicos conlleva un cambio de escala en todas las actividades sociales, lo que entra en contradicción con la limitada capacidad y recursos de cada Estado. Esto conduce inevitablemente al conflicto, pero, además, genera otros problemas. El sistema económico internacional, basado en la empresa privada, es ineficiente en esencia, dilapida recursos materiales y humanos, y los concentra en pocas manos. Por otra parte, las empresas y el capital son transnacionales y no están sometidos al control de ningún Estado particular ni pueden estarlo. Además, la destrucción del medio ambiente y el desempleo masivo que empuja a miles de jóvenes hacia ideologías totalitarias son otros de los problemas globales que no pueden ser resueltos por el sistema internacional de Estados. La solución sería un sistema socialista mundial unificado, no dogmático, que garantice la paz, la igualdad, los derechos del hombre y la libertad de expresión, y que ha de edificarse sobre tres principios: colectivismo, ley y ciencia.
En cuanto a los sujetos que liderarían el cambio en pos de este nuevo orden mundial, Wells identifica a los sectores más progresistas de las diferentes clases sociales, tal y como ya indicaba en La Conspiración Abierta. El escritor británico no tiene ninguna fe en el proletariado ni en la lucha de clases, sino en un entendimiento interclasista entre personas que perciban de forma clara la necesidad de una unificación política a escala planetaria. La Revolución que propone no es cruenta como la Francesa, pero tampoco un golpe de Estado dirigido por revolucionarios profesionales como la Rusa, sino que se produciría mediante una progresiva toma del poder por parte de los diferentes sectores progresistas, cada uno desde su ámbito particular.
Wells también analiza en detalle cuáles serían los principales obstáculos que tendría este movimiento: los sectores sociales más conservadores, como la Iglesia católica, y las clases más acomodadas y reacias a los cambios; también aquellos grupos e individuos con una marcada tendencia psicológica a rechazar la igualdad universal por una necesidad de superioridad frente a los demás; y, por encima de todo, cualesquiera formas de patriotismo y militarismo.
En cuanto a la naturaleza del sistema socialista que propone para el futuro de la humanidad, no queda muy detallada, pero sí avanza algunos rasgos que debe contener: se trata de un único Estado mundial con los contrapesos necesarios para evitar la partitocracia, y con un programa socialista que no implique la propiedad estatal de todos los medios de producción, sino la puesta a servicio de la comunidad de todas las formas de propiedad existentes. Este Estado mundial deberá garantizar la vida y el bienestar de todos, desarrollar el potencial de cada individuo, y, ante todo, regirse por el conocimiento científico disponible. Wells tiene claro que no existen sistemas sociopolíticos perfectos, y a su juicio, las propuestas ideológicas del momento (comunismo, liberalismo, fascismo…) no son sino fórmulas mágicas que se venden como panaceas. Para él, dichas ideologías son parte del problema, y deben reemplazarse por la investigación guiada por el método científico.
Valoración
H. G. Wells muere en el 46, solo seis años después de haber escrito El Nuevo Orden Mundial, y en un estado de profundo pesimismo con respecto al futuro de la humanidad tras haber conocido las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la relevancia de las reflexiones de Wells ha perdurado durante décadas después de su muerte y hasta hoy. Incluso con la creación de la misma ONU en el 45, la realidad internacional aún requiere de una perspectiva global para atender infinidad de cuestiones que son irresolubles desde la perspectiva de los Estado-nación: guerras, terrorismo internacional, el papel de las potencias emergentes, movimientos migratorios, los efectos del cambio climático, el comercio y la distribución de recursos a nivel mundial o crisis sanitarias como la reciente pandemia de la COVID 19.
La respuesta a estos desafíos continúa hoy día en el aire. El movimiento antiglobalización de finales de los 90 y primeros 2000, «el movimiento de movimientos», jamás planteó la creación de un orden global alternativo, sino que se limitó a rebelarse contra los efectos dañinos de la globalización económica resultante de la caída del muro de Berlín, y contra el papel jugado por instituciones internacionales como el FMI y el BM en ese proceso. Dos décadas después, el resurgir de una ultraderecha identitaria y populista solo nos retrotrae a soluciones probadamente peligrosas y fallidas; una quimera reaccionaria que implica esconder la cabeza en un agujero mientras todo alrededor se desmorona. Pensar, pues, en alternativas globales y ambiciosas para un orden internacional más justo y un planeta más humano es más necesario que nunca.
Quizá la mayor debilidad de estos ensayos de Wells sea la vaguedad de la mayoría de sus propuestas, más propias de un escritor de ciencia ficción visionario explorando posibilidades futuras que de una persona experimentada en las complejidades de la política internacional. Pero es que Wells era, precisamente, un escritor visionario, no un politólogo, un estadista o un diplomático. Su rechazo de cualquier solución dogmática y definitiva, y su apuesta vehemente por la aplicación de los métodos de la ciencia al mundo de la política son perfectamente coherentes con su bagaje intelectual (era doctor en biología) y con su posición social: la del intelectual que señala caminos a largo plazo, más allá de la política cortoplacista del momento.
Por último, merece la pena mencionar la crítica que Wells dedica en El Nuevo Orden Mundial a la idea de «los Estados Unidos de Europa», propuesta por Richard Coudenhove-Kalergi en la misma época (sobre las teorías de la conspiración que pueden evocar nombres como Nuevo Orden Mundial o Kalergi, no me detendré aquí, pues dan para otro artículo y no es el objeto de este). Para Wells no tenía ningún sentido, pues consideraba que los intereses y lazos extraterritoriales de índole económico, político y cultural que cada una de las potencias europeas mantenía con sus colonias y ex-colonias, harían más probable la unificación de todo el globo que únicamente la de los Estados de Europa. Sin embargo, por ahora, el tiempo ha dado más la razón a Kalergi que a Wells, materializando en el proceso de construcción de la UE el mejor experimento de unificación política pacífica de la historia de la humanidad, lo que ha posibilitado 80 años de paz ininterrumpida en el interior del continente.
En definitiva, La Conspiración Abierta y El Nuevo Orden Mundial merecen una relectura atenta en la actualidad. Constituyen un aproximación accesible, ligera, no dirigida a especialistas, sobre algunos temas de la política internacional que siguen presentes en nuestros días. Contienen también un valor ético universal, pues lo que lo motiva a Wells es el bienestar del conjunto de la especie humana, sin particularismos ni exclusiones. Y, aunque algunos de sus planteamientos puedan resultar vagos, discutibles o anticuados, ponen el foco sobre el elefante en la habitación del siglo XXI: la gobernanza de un mundo globalizado y cada vez más conflictivo. La importancia de esta problemática para la pervivencia democracia, hoy en declive dentro y fuera de los Estados, es crucial.
A estos temas dedicaré este blog.
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